FILOSOFÍA
EXTRA-ACADÉMICA
CLAUSURA Y MARCOS TEÓRICOS
~ Daniel Mardoian ~
—-¿Cuál es la función de la filosofía? Se podría decir que es el pensamiento de la realidad, pero, ¿qué diferencia a la filosofía de otras disciplinas igual de antiguas para la humanidad como la historia? Por su propia lógica interna, la historia estudia sucesos particulares y trata de explicarlos. En el mundo antiguo, Heródoto trataba de explicar dichos sucesos por su concepción cíclica de la de historia, entender los sucesos del pasado nos ayuda a comprender el devenir del Kosmos. Luego de la era decimonónica, la historia empezó a preocuparse también por los hechos del pasado, pero, para describirlos científicamente: tal como ellos fueron. Surge nuevamente el interrogante por la filosofía, ¿Cuál es su diferencia específica con respecto a la historia puesto que también existe dentro de la filosofía algo llamado “historia de la filosofía”?
—-Incluso, esta pregunta se extiende a otras disciplinas luego de su aparición a lo largo de los siglos XIX y XX. La sociología también estudia una porción de lo real, ¿qué más real que aquella sociedad en la que vivimos? Nacemos y, paradójicamente, ya tenemos un lenguaje, una cultura, religión, lazos vitales y una forma de entender el mundo ¿Acaso la filosofía perdió uno de sus objetos de estudio, es decir, explicar lo social por causa del surgimiento de otra disciplina? Entiendo que la caída de la filosofía, devenida en una mera corrupción académica y burocrática, se debe por dos motivos, que forman dos caras de un mismo problema: a) el abandono del aparato especulativo por la consideración de su falta de cientificidad y b) la paulatina sustitución de un abordaje nomotético por uno ideográfico.
—-A diferencia de las ciencias decimonónicas, la filosofía siempre tuvo una pretensión universal y por ello una epistemología nomotética. Su interés era poder explicar el mundo, el ser, aquello que hace que todas las cosas justas sean justas, entre otras. En última instancia, todo su abordaje se sostenía por una especulación metafísica que no puede ser probada empíricamente. Por el contrario, sus contrapartes científicas poseían un abordaje ideográfico, lejos de tratar de explicar una ley universal buscaban explicar hechos sociales concretos. Cuando Durkheim dijo en su “curso inaugural de ciencia social” que la metafísica y ciencia se excluyen mutuamente, la filosofía cometió el error de convalidar este enunciado infundado. Con esto se abandonó el interés metafísico por los problemas filosóficos para sustituirlos —con una perspectiva ideográfica— por problemas filológicos dentro de los filosóficos. Los contemporáneos ya no discuten con sus antepasados, cómo ocurría previamente, más bien, discuten si utilizó el término “Erfindung” antes que “Ursprung”. Pues bien, con clausura sobre la escritura misma de algún filósofo, la filosofía académica no sólo se convierte en la legitimación de unos pocos porque son quienes portan un saber, sino que, también, “quien no comparta las lecturas del que realizó la investigación, no puede opinar sobre sus resultados”. De este modo, la filosofía académica culmina en una anti-filosofía: la corrección de un razonamiento depende exclusivamente de un marco teórico seleccionado. Así, los marcos teóricos se vuelven incuestionables, se discutirá en todo caso la solución concreta del investigador o su proceder, pero no el contenido sustantivo.
Reproducir o producir: dos modos de hacer filosofía
~ Dalila Micol Frumento ~
—-Este análisis se desarrolla a partir de la lectura crítica de los textos “Filosofía académica y esfera pública en la Argentina actual”, “La seriedad filosófica ” y “La filosofía como actividad colectiva”. El objetivo consiste en comprender las problemáticas que emergen de cada uno, y a partir de allí, elaborar una reflexión personal.
—-A partir de esta premisa, comienzo a mostrar mi visión personal respecto a lo que éste trabajo me produce. Particularmente me desafía a salir de una posición comúnmente adoptada por mi y por la gran parte –por no decir todos– los y las estudiantes universitarios, en la que muchas veces nos limitamos a apropiarnos de los argumentos de los distintos autores, sin generar interpretaciones propias. Por eso, la elaboración de este trabajo lo entiendo como una oportunidad para romper con ese ciclo y desarrollar una reflexión más subjetiva, que no se enfoque solo en las ideas ajenas, sino que las integre con mi propios puntos de vista. Es en este sentido, que lo siento un desafío ya que nos invita a corrernos de nuestra zona segura en la que solemos movernos para colocarnos en una nueva área quizá no tan explorada.
—-Esta primera percepción individual y subjetiva me permite vincularla con lo leído en los textos, ya que, en este sentido, la filosofía no consiste en simplemente reproducir teorías; puesto que eso podría hacerlo cualquiera, o como diría Fichte, para eso están las bibliotecas. Sino que la filosofía implica, o debería implicar, poder producir nuevas teorías, ideas y conceptos.
—-A partir de ello, considero que existen dos modos claramente diferenciados de abordar la filosofía: reproducir o producir. Entiendo que para poder producir, quizá sea necesario –no lo sé, podría pensarse si es así o podría no serlo– partir de cierta reproducción, siempre y cuando no sea mera reiteración sino que exista una comprensión profunda al respecto. Para, a partir de allí, establecer, fundamentar y/o argumentar nuevos pensamientos. También comprendo que la posición subjetiva en relación a estos dos modos de abordar la filosofía –reproducción o la producción– difiere bastante.
Adoptando la primera postura –reproducción– hay muchísimo menos margen de error, de equivocación o de desacierto. Mientras que posicionándose en el segundo enfoque –producción– los riesgos que uno corre acerca de la veracidad de la teoría son mayores, ya que uno puede equivocarse o cometer errores. En este sentido será un poco la decisión personal de cada filósofo acerca de qué postura adoptar y qué riesgos tomar.
—-Desde mi punto de vista, considero mucho más enriquecedora la segunda posición, ya que permite no solo cuestionar, sino también generar nuevas formas de pensar. Establecer argumentaciones propias sobre diversas cuestiones posibilita poder reflexionar sobre problemas no solo existenciales y universales como la vida, la muerte, Dios o el mundo, sino también aquellos que surgen en los distintos contextos históricos, sociales, culturales y políticos. De este modo la filosofía no solo se convierte en un ejercicio intelectual abstracto, sino en una herramienta activa para pensar el presente y los desafíos que este nos plantea.
—-Sin embargo, resulta interesante destacar cómo el concepto de “seriedad” en la filosofía, es decir, “hacer filosofía seriamente”, se reduce a veces a la mera reproducción del pensamiento de los distintos filósofos del pasado y a la esfera académica; y no tanto a la creatividad y originalidad del filósofo en la elaboración de nuevas perspectivas.
—-Me resultó particularmente significativo un apartado del texto “La filosofía como actividad colectiva” en donde se manifiesta que la filosofía no busca enseñar a pensar, ni transmitir la verdad sino que la filosofía propone e invita a pensar y cuestionar el propio pensamiento, donde la crítica y la reflexión ocupan un lugar central. Destaco este fragmento, ya que personalmente me gustaría en un futuro dedicarme a la enseñanza de la filosofía, y me parece muy importante pensar la filosofía como esa invitación permanente a la reflexión y cuestionamiento del propio pensamiento de cada uno de los y las estudiantes. Donde ésta —la filosofía— se convierta en una actividad personal activa y grupal a partir del intercambio colectivo.
—-Por este motivo, considero que la filosofía, más que una mera disciplina académica, debe ser entendida como una práctica activa y dinámica, como un ejercicio de continuo cuestionamiento, reflexión y creación. En definitiva, no se trata solamente de reproducir lo que otros pensaron, sino de ser capaces de generar, desde nuestra subjetividad, nuevas formas de entender y transformar el mundo. En este sentido, el filósofo/a no es solo un transmisor de ideas, sino un pensador que, a través de la crítica constante, se convierte en un actor activo en los procesos de reflexión colectiva. Y la filosofía, se transforma en una herramienta para enfrentar los desafíos contemporáneos, ya sea a nivel individual, como así también social y cultural.
Bibliografía:
– AA.VV. (2000): “Dossier: Filosofía académica y esfera pública en la Argentina actual”. En: Adef. Revista de Filosofía. Vol. XV N°1, mayo 2000, pp. 17- 139.
– AA.VV. (2000): “Dossier: La seriedad filosófica”. En: Adef. Revista de Filosofía. Vol. XV N° 2, noviembre 2000, pp. 95 -118.
– AA.VV.; “Editorial” (2019). En: Ideas. Revista de filosofía moderna y contemporánea. N°8 noviembre de 2018 – abril de 2019, pp. 6-12 .
El pensar filosófico:
El mundo y yo
~ Cecilia Luppino ~
Filosofía: academia y esfera pública. Seriedad filosófica en Argentina:
—-Estudiar la obra de los filósofos permite comprender que no existen hechos desnudos sino que cada pensamiento transforma el mundo, sus objetos y su acontecer. Se busca pensar ese mundo, interpretarlo y poder así transformarlo. En cada tiempo hay una imagen del pensamiento que se constituye en sentido común, que se vuelve la única forma de lo verdadero. Este sentido común también incluye el pensamiento filosófico. Hacerlo consciente debe ser una de las tareas de la filosofía. Pero ese sentido común cambia, no es inmutable. Practicar una actitud del pensamiento que desconfía de sí mismo será un punto de partida.
—-Ahora bien, de qué modo la filosofía puede pensar ese mundo, interpretarlo para, poder así, transformarlo. Hay diferentes modos de intervenir en la esfera pública: la divulgación, la autonomía filosófica (organizarse internamente para relacionarse con la sociedad), el poder pensar la filosofía como una actividad colectiva que necesita crear y sostener los espacios para hacerla posible, jornadas, coloquios, encuentros, debates, libros de distribución gratuita, uso de las redes sociales, o tejer comunidades de sentido.
—-Pero paradójicamente, en el ámbito académico, tanto la investigación como el destino de esa investigación no incluye esta perspectiva. La filosofía se ha convertido en una especie de dialogo privado, no público, con aquellos que plantean los problemas en discusión. El filósofo académico se convierte en un productor de paper que está obligado a publicar, incluso para su manutención. No son citados, ni leídos en subsiguientes trabajos de investigación generando un problema porque la comunidad académica argentina no logra formar un corpus de pensamiento filosófico propio lo que trae como consecuencia la dificultad para poder transcender a la esfera pública. La filosofía no instala su propia agenda, no se genera un pensamiento que juegue un papel de mediador entre los temas de la especialidad académica y las cuestiones públicas.
—-En nuestro país hubo movimientos surgidos desde la filosofía que buscaron intervenir activamente en las preocupaciones impuestas por el presente:
Filosofía de la liberación: surge como grupo en los márgenes del II Congreso Nacional de Filosofía (Córdoba 1971) junto a corrientes de filosofía latinoamericana, peronista, marxista, cristiana de izquierda. Plantea la función de la filosofía en los procesos de cambio y hace hincapié en la existencia de un pensamiento latinoamericano y alerta sobre la función alienante de la filosofía central y la dependencia cultural. Todo esto no tuvo demasiado arraigo y quedó trunco con el golpe de Estado de 1976.
La llegada de Alfonsín (1983) se trata de conjurar la violencia política. En ese contexto toda verdad se vuelve sospechosa de totalitarismo, de dogmatismo, de modo que la política se identifica con la libertad de opinión. La discusión filosófica se vuelve a centrar en el pensamiento europeo.
Desde el Menemismo (1989) aparece el discurso del mercado. La civilización del mercado es una progresiva barbarie. La barbarie se da cuando la cultura queda reducida a una sola función, en las barbaries clásicas esa función es la militar, en la nuestra, es la económica. La filosofía busca un papel que está desdibujado en un mercado cultural donde no hay proyecto de país.
Dos variables, dos miradas, dos exigencias que encierran a la filosofía:
—-La Academia Argentina adoptó estándares internacionales para lograr la “seriedad”. Esto suele estar atravesado por el lugar donde se publica y por cumplir con los requisitos que establece ese lugar de prestigio: utilidad, novedad y aporte, pero siempre considerados hacia adentro de la academia y evaluados por especialistas de la disciplina. Los trabajos nada dicen acerca del mundo. El antagonismo de la seriedad, en la academia, es la descalificación, trabajo “chanta, trucho, berreta”, pero nada se dice de su condición de no filosófico. Además La “seriedad” se convierte en un criterio de selección para la asignación de recursos y, por tanto, avalado por el Estado y, desde esta posición, la seriedad es un instrumento de poder que sirve para obtener cargos, subsidios, y, por tanto, puede ser manipulado.
—-En cuanto al “rigor”, entendido como aquello que hace valioso algo, implica un razonamiento que reúne las condiciones para definir lo que es una ciencia. Sin embargo el sujeto que piensa, dice Unamuno, es una persona que nace, sufre y muere. Desde esta perspectiva “pensar con rigor” es pensar con la vida, una vida que se expresa de varias maneras. Para Unamuno la filosofía se acerca más a la poesía, no a la ciencia oponiéndole al punto de vista objetivo, una defensa del punto de vista subjetivo, o sea, lo que siente y vive el hombre de carne y hueso.
—-Sin excluir estas dos variables se puede reflexionar sobre los sentidos de estar en el mundo y explorar la medida en que puede ser transformado por el pensamiento. Esta es una tarea sustancial que le corresponde al filósofo y a la filosofía en general. Y en el ámbito académico-educativo se puede concebir la clase como una construcción colectiva con los estudiantes y como un ejercicio para repensar y vitalizar conceptos.
Conclusiones:
—-Me quedé pensando en la idea de que el filósofo o el egresado de una carrera de Filosofía no “metaboliza” su saber como lo hace un médico, un ingeniero, un contador y hasta un egresado de una carrera artística. Quizás sea lo más parecido a un egresado de Letras que no pudo convertirse en escritor aun habiendo conocido toda la literatura universal. Es como si ese saber no pudiera transformarse en el interior de uno mismo y convertirse en una expertise que permitiera mirar el mundo con las mismas preguntas de aquellos que “crearon” el saber filosófico. Parte de la respuesta a esta “dificultad” que afronta quien estudia o se forma en la carrera filosófica está relacionada con una mirada sesgada por cierto prejuicio académico que convirtió a la filosofía en el exclusivo y excluyente ámbito del estudio de la filosofía, dejando afuera al ejercicio del propio quehacer filosófico que formó, desarrolló y acompañó la filosofía a lo largo de la historia. ¿Está bien? ¿Está mal? ¿Es apropiado? ¿Es pertinente? ¿A quién le sirve? ¿Para qué estudia alguien filosofía? ¿Para quién? ¿Cómo devuelve un egresado de filosofía su formación, su conocimiento, su expertise a la sociedad a la que pertenece? Una sociedad como la nuestra que sostuvo su formación.
—-La respuesta se impone “políticamente” sencilla: el egresado de una carrera de filosofía debería poder “devolver” a la sociedad un saber que contribuya a mejorar la vida de los integrantes de esa sociedad. Ahora bien: ¿cómo? ¿qué es hacer hoy filosofía? La historia nos dice que pensar filosóficamente es poder preguntarse. ¿Sobre qué? Sobre todo. Bueno yo espero ser capaz de poder despertar preguntas. ¿Cómo? No lo sé. Me quedo con una vieja canción de Serrat que habla de aquello que, para mí, es el sentido más primordial del pensar filosófico en nuestra comunidad humana: el otro y yo.
Puede que a ti te guste o puede que no
pero el caso es que tenemos mucho en común.
Bajo un mismo cielo, más o menos azul,
compartimos el aire
y adoramos al Sol.
Los dos tenemos el mismo miedo a morir,
idéntica fragilidad,
un corazón,
dos ojos, un sexo similar
y los mismos deseos de amar
y de que alguien nos ame a su vez.
Puede que a ti te guste o puede que no
pero por suerte somos distintos también.
Yo tengo una esposa, tú tienes un harén,
tú cultivas el valle,
yo navego la mar.
Tú reniegas en swajili y yo en catalán.
Yo blanco y tú como el betún
y, fíjate,
no sé si me gusta más de ti
lo que te diferencia de mí
o lo que tenemos en común.
Te guste o no
me caes bien por ambas cosas.
Lo común me reconforta,
lo distinto me estimula.
Bibliografía:
– Filosofía académica y esfera pública en la Argentina actual, en Dossier, Revista de Filosofía. Vol. XV Nro. 1 Mayo 2000
– La seriedad filosófica, en Dossier, Revista de Filosofía, Vol. XV Nro. 2, noviembre 2000
– Editorial, en Ideas 8, Revista de Filosofía moderna y contemporánea.
Filosofía Académica en Argentina:
El síndrome del impostor colonizado
~ E. Belén Romero ~
—-La filosofía académica en Argentina (y me atrevería a decir en Latinoamérica) pareciera sufrir una especie de “síndrome del impostor colonizado”, algo observable en su manera de exigirse requisitos y obstáculos al momento, no solo de investigar sino también de comunicar en la esfera pública lo que hacemos. Estamos envueltos en un círculo académico cerrado que no sabe leerse y ni pensarse a sí mismo. Nos estancamos en el momento en que dejamos de leer a nuestro colegas, desde que nos obligamos a cumplir con estándares internacionales (usando a los mismos para medir nuestro “éxito”), aprender varios idiomas, leer las fuentes originales y citar pensadores extranjeros hasta abandonar la originalidad por la comodidad tecnicista (reproductora fiel de lo ya hecho) que la academia exige.
—Y resulta hasta irónico que este sea el camino que la filosofía ha tomado, porque si bien puede pensarse como lógico e incluso sensato que nos hayamos tenido que amoldar al actual mercado laboral capitalista y de ahí que nos profesionalizáramos como académicos, también puede pensarse ese mismo hecho como algo contradictorio porque en las mismas academias que te profesionalizan, te enseñan la historia de la filosofía, en principio, como la historia de los grandes cambios de pensamiento de cada época y a los filósofos como personajes disruptivos cuyas ideas y preguntas generaban la suficiente incomodidad como para generar algo nuevo. Y si bien este es un imaginario no siempre fiel, históricamente hablando, sí que se ve como un imaginario al que aspirar. Lo que podríamos preguntarnos es: ¿Cómo pasamos del genio filósofo que viene a transformar el mundo al académico intelectual presuntamente elitista cuyos discursos no se le entienden y tampoco tienen nada propio que decir?
—-En Argentina siempre se está mirando hacia afuera, y el caso de la filosofía académica no es la excepción, publicar en revistas internacionales prestigiosas, o ir a hacer doctorados o investigaciones al extranjero, son signos de lo que creemos que es el “éxito académico” que un filósofo de acá puede alcanzar, pero me pregunto ¿Para qué? Si lo que consiga o produzca finalmente no va a ser leído acá y probablemente no va a estar escrito en español si quiere tener un mayor alcance o un mínimo de reconocimiento, y es que el síndrome del impostor colonizado también trata de eso: no saber reconocerse, no saber del propio valor.
—-Espero no se malinterprete, no estoy afirmando que todo lo anterior no importe o no sea valioso o no signifique un gran logro, si no que simplemente pretendo abrir la pregunta ¿Para qué? ¿Para qué querríamos hacer eso, más allá del prestigio internacional e intelectual que nos brinda? O quizá una mejor pregunta sería ¿Qué haríamos con ese logro alcanzado? ¿Qué aporte podría hacer esa investigación más allá del mundo académico? ¿Tiene relevancia sacarlo de ahí y llevarlo a otro lado? ¿Tendríamos que hacerlo?
—-Personalmente considero que la respuesta a la última pregunta tiene que ser un sí, deberíamos llevar a la filosofía a la esfera pública. Sin embargo, no vale hacerlo de cualquiera forma ni a cualquier costo, entonces ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo transformar la imagen que se tiene del filósofo solitario pedante? ¿Cómo aprendemos a comunicar nuestro saber filosófico a personas fuera de la academia sin que por ello se pierda la complejidad de este? ¿Cómo hacer que nuestro saber filosófico genere un cambio positivo en la esfera pública? ¿Es posible hacer tal aporte? Y es que si la respuesta un “no” entonces ¿Para qué esta ahí? ¿Por qué seguir generando papers que no van a ser leídos ni por nosotros? ¿De qué sirve producir conocimiento para las butacas vacías? Porque si el conocimiento que podemos brindar no ayuda ni llega a nadie ni genera nada ¿Por qué coleccionarlo?
—-Preguntas que me hago deseando que las respuestas sean positivas, porque si bien la comunicación entre la filosofía y la esfera pública tiene interferencias que la hacen difícil de efectuarse, no es como si la misma fuese imposible de darse: los filósofos son también ciudadanos comunes y corrientes que en su cotidianeidad conviven y conversan con la esfera pública solo que no desde el lugar de “filósofos”, y ahí podríamos preguntarnos ¿Es posible hacer esa separación? ¿Quién hace filosofía puede no expresarse ni pensar filosóficamente? Y considero válido hacerse esta pregunta porque la filosofía en distinción a otras disciplinas tiene una manera de esquematizar y desarrollar el pensamiento que con el tiempo se convierte en una forma habitual de interpretar a la sociedad y al mundo. ¿Qué tiene de distinto el pensar filosófico para aportarle al mundo? Hasta no resolver esta pregunta no va a ser posible resolver nuestro problema de comunicación defectuosa con la esfera pública.
Filosofar a la Intemperie
~ Ramiro Pasini ~
“El conquistador, por cuidar su conquista, se transforma en esclavo de lo que conquistó.”
– Facundo Cabral
—Son las tres de la mañana y hay un frío seco de las montañas del oeste. El equipo terminó de filmar y todos se fueron a dormir. Apagué el fogón, que fue centro de charlas y ruedas de mates, y el cielo del campo me rodeó con una marea de estrellas, ostentando a la luna, como su perla más brillante. Durante un par de semanas tres voces me visitaban para empezar esta reflexión.
—Una primera voz, “Filosofía académica y esfera pública en la Argentina actual«, denuncia con crudeza el encierro en el que se halla nuestra práctica filosófica: una escritura destinada a evaluadores anónimos más que a lectores reales, atrapada en la lógica del publicar o morir, desconectada de la sociedad y reducida a mercancía de papers, que no se leen.
—Una segunda “’Si tacuisses, philosophus mansisses’ o de lo que se entiende en la Argentina por Seriedad Filosófica”, recuerda cómo la “seriedad” se ha transformado en un criterio burocrático de exclusión. Publicar en revistas indexadas, citar en idiomas extranjeros, reproducir estándares importados: todo esto garantiza seriedad, pero no necesariamente filosofía. Se confunde rigor con silencio, y se termina escribiendo textos impecables pero mudos, incapaces de decir nada sobre el mundo.
—La tercera voz, el “Editorial de Ideas”, propone un desplazamiento interesante: dejar de pensar la academia como torre de marfil para reconocer que ya estamos afuera, en el mundo, atravesados por sus urgencias y contradicciones. Nos invita a comprender que toda investigación, docencia y militancia filosófica ya forma parte de la trama social, con sus luchas y sus heridas en la intemperie de un país concreto, el nuestro.
—Estas tres voces marcan un límite, dibujan un mapa de tensiones que atraviesa la filosofía argentina y se convierten en una apelación. Nos muestran lo que se ha deformado en la práctica filosófica académica y nos llaman a volver a lo esencial: pensar no para acumular brillo, sino para encender luces compartidas.
—Platón nos enseñó que la ignorancia es una prisión de sombras. Los hombres encadenados confundían apariencias con realidad. El filósofo era aquel que, con esfuerzo, salía a la luz y contemplaba el sol. Esa luz era liberadora: mostraba lo verdadero. Pero hay un peligro que Platón también imaginó al salir de la caverna y ser enceguecidos por la luz del sol: la cárcel de la abundancia de luz. El hombre que se queda satisfecho en lo inmediato -sus objetos, sus libros, sus logros- corre el riesgo de achicar el mundo hasta la medida de su jaula iluminada. La claridad excesiva encandila tanto como la sombra: impide ver lo que está lejos, lo que no es útil, lo que invita a crecer. Eso nos pasa en el ámbito académico: salimos de la caverna, pero nos quedamos presos en el resplandor de la erudición. No somos esclavos de las sombras, sino del exceso de luz. Creemos que la filosofía se reduce a papers, congresos, citas importadas para obtener prestigio académico. Y mientras tanto, los demás siguen en la caverna.
—El que vive en una jaula, aunque sea iluminada, pierde la capacidad de volar. Se acostumbra a recibir todo servido. Rodeado de conocimientos que cree poseer, termina siendo poseído por ellos, por lo que no se anima a desplegar las alas. Achica el universo a su diminuto círculo de certezas porque se cree el centro de todo lo que existe. La filosofía corre ese mismo riesgo: volverse sedentaria, domesticada, incapaz de elevarse por encima de lo inmediato. Volar significa animarse a dejar el suelo seguro y a mirar más allá. Significa confiar en que el aire sostendrá el vuelo, aunque parezca vacío. La filosofía, cuando se atreve a volar, deja de repetir lo sabido y se lanza a lo desconocido: a preguntar lo que nadie preguntó, a crear palabras nuevas, a arriesgar un pensamiento que no necesita la muleta de la cita permanente. Las universidades deberían ser nido que prepara para el vuelo, no jaulas que lo impiden.
—El objetivo del filósofo no es escapar solo de la caverna. El objetivo es volver para liberar a quienes siguen todavía ahí. Pero acá aparece un riesgo: llevarlos de la oscuridad de las sombras a la prisión de la luz enceguecedora. Ese traslado no es libertad, es apenas un cambio de cadenas. Lo que necesitamos no es arrastrar a los demás hacia nuestro encandilamiento, sino encender en sus manos una antorcha. Una antorcha no lo ilumina todo, no deslumbra, no enceguece. Apenas alumbra el próximo paso y permite caminar con libertad. Quizás esa es la tarea del filósofo en la esfera pública: no deslumbrar con focos de erudición, sino repartir antorchas de conocimiento que cada uno pueda llevar para su propio viaje. Liberar no es imponer. Es invitar a caminar con luz suficiente para no tropezar, pero también con sombra suficiente para buscar.
—Es donde aparece un mal muy nuestro: compararnos siempre con los grandes filósofos y académicos europeos que ni siquiera nos leen. Con esa comparación nos condenamos a la imitación. Nos volvemos traficantes de palabras ajenas, distribuidores de conceptos repetidos como memorias USB. Nos creemos serios porque citamos, cuando en realidad escondemos nuestra cobardía para pensar por nosotros mismos. La tradición es valiosa, por supuesto que SÍ, pero si no se fecunda se muere. Repetir sin crear es custodiar un cementerio de palabras. El legado de los grandes pensadores no se honra repitiendo sus frases, sino continuando su valentía. Ellos no copiaron: dijeron lo suyo, con su estilo propio, con el coraje de alumbrar su tiempo. Nosotros, al copiarlos, nos quedamos con las cáscaras y olvidamos el espíritu. Filosofar no es repetir (una habilidad que también tienen los loros con un cerebrito como una almendra y encima tienen la capacidad de volar). Filosofar no es hacer segundas versiones baratas. Filosofar es arriesgar un pensamiento vivo, aun sabiendo que va a ser imperfecto.
—La noche tiene una enseñanza que la filosofía necesita recordar. Al caer la oscuridad desaparece lo inmediato y nos sentimos pobres, vulnerables. Pero en esa intemperie brillan las estrellas. Y las estrellas enseñan a mirar lejos, a orientarse en el silencio, a crecer en el deseo más allá de lo útil. Creo que la filosofía necesita pasar por esa noche: abandonar la seguridad de la luz excesiva; para recuperar la humildad de la búsqueda para aprender a encender antorchas pequeñas y a señalar estrellas lejanas; para recuperar la fecundidad de la palabra que no repite, sino que crea.
—Finalmente, la filosofía argentina está llamada a decidir si seguirá siendo jaula iluminada o si se animará al vuelo de la noche. Permanecer en la claridad académica garantiza carreras y reconocimientos, pero nos vuelve esclavos de palabras ajenas escribiendo kilos de papel y kilómetros de tinta que nunca le marcaron un camino a nadie. Animarse a la intemperie nos expone, pero nos devuelve la capacidad de liberar a otros. No se trata de llevar a los cautivos de la caverna a otra prisión más brillante. Se trata de darles antorchas para que caminen por sí mismos. No se trata de custodiar los cementerios de citas, sino de encender pensamientos vivos que se orienten en la oscuridad. No se trata de repetir como loros, sino de volar con alas propias. La noche nos empobrece, pero nos abre al infinito. Nos despoja, pero nos invita a levantar la mirada hacia las estrellas.
—En este momento me detengo porque me parece que es conviene recordar algo que Platón dejó claro: los que vuelvan a la caverna con la intención de liberar pueden ser rechazados e incluso asesinados por los que prefieren permanecer encadenados. El regreso es siempre peligroso. Surge entonces la pregunta: ¿preferimos la cobardía disfrazada de comodidad erudita, o entendemos la filosofía como una forma de vida, que puede exigirnos dar la vida misma por lo que creemos y buscamos conocer?
—La frontera está entre coraje y cobardía. Coraje para salir del enceguecimiento de la luz, para abandonar la falsa seguridad de la erudición cómoda y comprometerse con un saber que arriesga. Cobardía para quedarse en el calor de lo inmediato, evitando el paso decisivo que abre la mirada al horizonte. Filosofar, entonces, no es un lujo en las aulas, sino un acto de compromiso. Exige la valentía de salir de la jaula y la humildad de regresar con antorchas en las manos. Exige riesgo: el riesgo de ser incomprendido, el riesgo de ser rechazado, el riesgo de ser herido. Pero sin ese riesgo, la filosofía se convierte en un ejercicio vacío, en un eco apagado de las palabras de los grandes pensadores que nos precedieron.
—Por eso, más que una técnica, una carrera, un cargo, la filosofía es una forma de vida. Una vida que nos pide el coraje de conocer, de servir y de liberar. Una vida que no se contenta con custodiar sombras o acumular luces, sino que se atreve a volar en la noche, encendiendo pequeñas llamas que acompañen a otros en el camino.
—Mientras termino de escribir estas palabras con la tipografía de mi oficio de Productor, no dejo de mirar las estrellas que me acompañaron esta noche detrás del ventanal de mi habitación en las tierras de Luján. A lo lejos está desperezándose un tímido amanecer. Sé que las luces del día las apagarán, pero también sé que esas estrellas y las antorchas encendidas no se van: quedan encendidas dentro de cada uno, esperando ser vistas otra vez. Añado un quizás más a la lista. Quizás de eso se trate la filosofía: aprender a reconocer en la noche lo que ya habita en nosotros, y confiar en que siempre habrá una luz -humilde, chiquita o inmensa- capaz de guiarnos.
Bibliografía:
• A. R. Poratti, E. Marí, D. Scavino, H. González, S. Cabanchik, A. Arpini. (Mayo 2000) Filosofía académica y esfera pública en la Argentina actual. ADEF revista de filosofía, EUDEBA, Buenos Aires, Vol XV Nº 1, 117-139.
• E. Rivera López, A. Kaufman, C. Pereda y J. Fernández Vega. (Noviembre 2000) “Si tacuisses, philosophus mansisses” o de lo que se entiende en la Argentina por seriedad filosófica. ADEF revista de filosofía, ALTAMIRA, Buenos Aires, Vol XV Nº 2, 95-115.
• Editorial (noviembre 2018- abril 2019). Ideas. Revista de filosofía moderna y contemporánea, Año 4, Nº 8(1), RAGIF Ediciones, CABA, 6-12.
• Platón. (1995). La República (Libro VII 514a- 521b), (traducción y notas C. Eggers Lan). Barcelona: Editorial Gredos, 290- 299.