René Descartes en El asado de Felipe Olivera Moreno 

Fernando Bahr

Encontramos varias referencias a la filosofía de René Descartes (1597-1650) en el poema de Felipe Olivera Moreno, cuatro de las cuales creemos que son importantes para comprender su sistema. Una primera referencia se encuentra en la página 20, donde el filósofo francés afirma que mientras viva “via dudar”. Como se sabe, la duda es el método que Descartes toma de los escépticos y adapta a su necesidad de encontrar un principio que, refutando justamente el escepticismo, establezca un límite infranqueable a toda duda. Ese principio es el ego cogito (“yo pienso”), es decir, el hecho de que por más que dude de todo lo existente no puedo dudar de que yo, que dudo, existo, soy. La duda, de esta manera, conduce a la certeza, una certeza que, a juicio de Descartes, los escépticos antiguos y modernos no suponían y que constituye el punto de un camino donde todo lo que no sea tan indudable como aquella primera verdad será rechazado. Dicho de otra manera, para que algo sea aceptado como verdad en el sistema cartesiano debe resultar tan indudable como el ego cogito, éste es el criterio de verdad. Por ello, cuando el Descartes de Olivera Moreno dice “mientras viva via dudar”, no debe interpretarse como si el estado de duda fuera insuperable, sino que allí “dudar” es una forma del “pensar”, y que esa continua actividad del pensamiento, de la duda, es lo que certifica la continuidad de la existencia de eso que soy, una cosa que piensa.
La segunda referencia clara se encuentra en la página 30 y apunta al argumento cartesiano de las Meditaciones metafísicas (Quinta Meditación), donde el filósofo francés observa que siendo él – el sujeto – finito e imperfecto no puede haber derivado de su propia razón la idea de Dios, esto es, la de un ser infinito y perfecto. El argumento, bromea Felipe Olivera Moreno, es “nuevito”, puesto que se trata de una readaptación del elaborado en el siglo XI por San Anselmo y conocido después con el nombre de “argumento ontológico”. Para Descartes, en efecto, es una evidencia tan clara y distinta como la del cogito y, por ello, indudable, que tenemos en el alma la idea de un ser perfecto, omnisciente, omnipotente, eterno y creador de todas las cosas, idea que podemos entender, pero no comprender exhaustivamente; una idea tan especial, tan diferente a todas, sólo puede tener su origen en Dios mismo, que, por lo tanto, existe y la ha puesto en mi alma como la huella del Autor en su creatura, como “el sello del artífice, impreso en su obra” (Tercera Meditación).
La tercera referencia está de algún modo en continuidad con la que acabamos de exponer. Citemos a El asado: “Saltó Descartes Renato / y sin ‘dudar’ un segundo, / – dijo – De’quel mundo es mundo / se oyen absurdos relatos… / Bakunin sea sensato / no se haga el erudito, / de Ontología un vientito / le habrá rozao la cabeza, / para negar con certeza / al Ser eterno infinito” (p. 28). Al final del libro, la Ontología es definida, muy clásicamente, como “parte de la Metafísica que trata del Ser en general y sus propiedades trascendentales”. Con la crítica a “Bakunin”, quien un momento antes había dicho que Dios es un producto del “inconciente”, “Descartes” estaría aquí afirmando que pensar es pensar el ser, que no se puede pensar la nada, y que, en tal sentido, todo lo que pensamos lo pensamos en dentro de un horizonte de infinitud. Así debería entenderse, creemos, un difícil pasaje de las Meditaciones metafísicas: “Entiendo manifiestamente que en la sustancia infinita hay más realidad que en la finita y, de ahí, que en mí en cierta medida la percepción de lo infinito es previa a la de lo finito, es decir, de Dios que de mí mismo” (Tercera Meditación). Pensar sería, de alguna manera, pensar a Dios; Dios sería como la luz que está ontológicamente antes de que mi propio pensar acceda a sí mismo, sería el “espacio inteligible” dentro del cual las ideas se presentan, incluso la primera idea cronológicamente hablando, es decir, el ego cogito.
La cuarta y última referencia que queremos mencionar podría ser titulada “La burla de Diógenes”, pues alude al momento en que “Diógenes de Sinope” reacciona frente a la duda cartesiana. Olivera Moreno lo escribe así: “¡Era Diógenes que yegaba! / de Sinope y pa’ más datos / se burlaba a cada rato… / del francés porque dudaba” (p. 21). Recordemos que esta caricatura de un Descartes inmovilizado por la duda era algo que el propio filósofo francés había excluido al manifestar que su duda era simplemente teórica sin invadir para nada la vida práctica. Lo dice muy al comienzo de las Meditaciones metafísicas: “Así pues, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado un reposo seguro en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones” (Primera Meditación). Como se ve, esa destrucción es filosófica, no vital; es decir, una vez que el filósofo abandona su meditación vive como cualquier otro ser humano, con las certezas prácticas que la vida exige y que no ponemos jamás en duda: que los cuerpos existen, que yo tengo un cuerpo, etc. “Diógenes” parece no hacer esa diferencia y, en este sentido, se asemeja a lo que el propio Descartes escribía respecto de los escépticos, a saber, que éstos usaban de algunas creencias (como que tuvieran cabeza) “como si fueran verdaderas, porque así se lo parecen, pero no creen que sean con toda certeza verdaderas, pues no han sido persuadidos de ello por razones ciertas e inconcusas” (Respuesta a las Séptimas Objeciones, Meditaciones metafísicas). En realidad, así como Descartes no dudaba vitalmente de que los cuerpos existían y de que él tenía un cuerpo (y en eso la burla de Diógenes no daba en el blanco), así también los escépticos no dudaban de que tuvieran cabeza, sosteniendo por el contrario que esas cosas eran fenómenos evidentes y, por lo tanto, “ininvestigables”: tampoco Descartes daba en el blanco con su crítica al escepticismo.