Filosofía y esfera pública en tiempos de algoritmos 

Esteban Mizrahi

La pregunta por el lugar de la filosofía fuera de la academia compromete el sentido mismo de la disciplina en sociedades atravesadas por lógicas que aceleran, segmentan y administran la conversación pública. Allí, la filosofía se mueve entre dos fuerzas que la tensan. Por un lado, el rigor de la especialización académica, que la vuelve exigente y fiable. Por el otro, la necesidad de intervenir con claridad y pertinencia en un espacio social cada vez más fragmentado. Cuando una de esas fuerzas domina, el resultado es previsible y frustrante: o bien se producen textos rigurosos que casi carecen de lectores, o bien intervenciones apresuradas que sacrifican la reflexión meditada que caracterizan al pensamiento filosófico. De ahí que pensar un camino intermedio —una auténtica mediación— sea menos una opción que una condición para la supervivencia de la filosofía en el mundo actual.
En Argentina, la profesionalización universitaria fortaleció a la filosofía como disciplina de estudio y consolidó una cultura de la exigencia que resultaba necesaria. Sin embargo, ese mismo proceso produjo efectos que hoy se revelan problemáticos: la escritura quedó más orientada a cumplir con evaluaciones que a generar lectura genuina, la conversación filosófica entre colegas se volvió esporádica, las referencias recíprocas escasean y la lógica de la carrera académica terminó desplazando la elaboración de una obra con sentido. La productividad cuantificada ocupa en la actualidad el lugar del proyecto intelectual y la acumulación de méritos académicos sustituye la tarea de elaborar un pensamiento filosófico. El riesgo no reside en la existencia de reglas y criterios de rigor —toda comunidad los tiene y necesita—, sino en dejar de lado su propósito: sostener argumentos que puedan ser discutidos y compartidos más allá de los claustros o incluso también por colegas que no comparten la especialidad.
Del lado opuesto de péndulo tampoco se resuelve el dilema. Cuando la filosofía busca visibilidad en la agenda pública, se expone a la tentación de reproducir cierto sentido común mechado con algo de exotismo filosófico vinculado a grandes nombres y cierta jerga. Con ello, suele reducir su aporte a mera opinión que se sostiene más en función de las credenciales de quien habla, que por la fuerza de los argumentos que esgrime. Es cierto que en ese movimiento la filosofía alcanza un público más amplio, pero al precio de perder su nervio conceptual característico que le permite distinguir razonamiento de consigna, ponderación meditada de certeza infundada. La figura del filosofar se confunde así con la del mero opinar. Y el examen crítico y fundamentado de los presupuestos inherentes a un problema —tarea acuciante que le da sentido al filosofar— es reemplazado por una sucesión de veredictos inconexos enunciados con más o menos glamur.
Estas dificultades se agravan debido a una mutación decisiva en la estructura de la esfera pública actual. No se trata ya de un foro único y reconocible, sino de un mosaico de microesferas administradas por algoritmos que seleccionan, jerarquizan y recomiendan contenidos según perfiles y métricas de atención. La discusión pública se fragmenta en corrientes paralelas que rara vez se cruzan; la visibilidad se vuelve un premio del cálculo; la relevancia se confunde con la viralidad y la réplica es reemplazada por la reacción. En este entorno se dificulta el acceso sincronizado y común a los hechos, porque cada menú informativo es filtrado previamente según perfiles que organizan por anticipado aquello que parecerá convincente para aquel al que está dirigido. La pluralidad de interpretaciones —valiosa en sí misma— deviene, sin mediaciones, burbuja y encierro. Se acelera la circulación de señales y se retarda la construcción de criterios. La deliberación se desarticula y la acción pública se guía por métricas que rara vez son discutidas en su sentido porque, por lo general, permanecen ocultas.
Justamente por eso, la función de la filosofía se vuelve más imperiosa. En un ecosistema que secciona la experiencia y reparte la discusión pública en segmentos cada vez más pequeños, discretos e intrínsecamente homogéneos, la filosofía cuenta, en principio, con la capacidad de reestablecer una perspectiva que permita observar el panorama, de hacer conexiones entre hechos dispersos, de interrogar los criterios con que operan los flujos de información. La reflexión filosófica cuenta con el potencial para plantear preguntas allí donde los algoritmos sólo buscan confirmar certezas.
Para asumir una tarea semejante, la filosofía debe emprender un trabajo de mediación que implica, en primer lugar, dirigirse a un interlocutor distinto del evaluador y del individuo likeholic, hacia el cual orientar su batería conceptual. En segundo lugar, adoptar la disposición a traducir: ajustar su lenguaje y sus argumentos al nivel de precisión que el asunto requiera y al horizonte de comprensión del interlocutor. Algunos problemas exigen tecnicismos; otros, comparaciones, ejemplos y analogías bien escogidas. Saber calibrar el grado de detalle forma parte del rigor propio de la mediación. Hablar con claridad supone renunciar al fetichismo de la exactitud cuando no corresponde y evitar la oscuridad como sustituto de la profundidad. En este sentido, puede pensarse el rigor como una virtud epistémica: hacer justicia al asunto, respetar la evidencia disponible, ser fiel a las fuentes, exponer premisas y consecuencias sin ocultarlas tras una jerga innecesaria. El rigor no se dice de una sola manera; se despliega según contexto y propósito, pero siempre para cuidar que lo dicho pueda ser discutido con argumentos.
Si se tiene presente que las plataformas, en la que se discurre hoy buena parte de la vida pública, no son medios neutrales sino dispositivos de decisión en los que se priorizan ciertos comportamientos, ritmos y estilos discursivos, el examen de su lógica constituye un presupuesto para el filosofar dentro y fuera de la academia. Preguntar qué se incentiva y qué se desalienta; qué cuenta como prueba; cómo se define lo “relevante”; quién puede ver qué y cuándo, constituye un desafío de primer orden. Formular estos cuestionamientos en un lenguaje accesible conduce a fortalecer la capacidad crítica de la ciudadanía para navegar sistemas complejos sin ceder todo a criterio del diseño algorítmico. Para ello, se debe estar en condiciones de interpretar esta arquitectura informática.
La filosofía, además, tiene la potencialidad de desnaturalizar retóricas que neutralizan decisiones. Frente a perspectivas tecnocráticas que hacen pasar sus urgencias por decisiones inevitables, que implementan eufemismos para atenuar conflictos o utilizan neologismos para maquillar desigualdades, la filosofía desenmascara y resiste. También propone narrativas alternativas que no se agotan en la mera denuncia. Esta intervención pública implica elevar el nivel de la discusión al formular mejor las preguntas y hacer más inteligibles los argumentos.
Por último, ante lo apremiante de la situación siempre cabe recordar que la urgencia no sustituye al pensamiento; lo exige. Intervenir no significa renunciar al rigor ni mimetizarse con el espectáculo; significa pensar con otros en voz alta, con respeto por la evidencia, con criterios claros y con una mirada orientada a recomponer lo común allí donde el diseño algorítmico fragmenta. El desafío para la filosofía académica en Argentina consiste en pasar de la productividad sin lectores a la conversación con interlocutores reales; de la carrera a la obra; de la importación de debates a encarar discusiones locales para desde allí aportar a la conversación global de temas y problemas. Si la filosofía consigue desplazarse, sin renunciar a su oficio, recuperará su voz pública evitando la disputa por quién hace más ruido en las redes. Esta disciplina no está llamada a competir en el mercado del ruido sino a recordar que pensar juntos es la forma más radical de resistir la contingencia y la arbitrariedad.